21.9.09

El Golpecito

Sobre el juicio que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas llevó adelante contra los militares sublevados el 16 de junio de 1955, quienes participaron del bombardeo a Plaza de Mayo. El juicio en sí, no arrojó sentencias demasiado severas, pero fue la primera vez que un tribunal militar juzgó a militares por sublevarse contra la democracia.

18.9.09

La otra Inseguridad

Sobre la imagen que los medios proyectan como Inseguridad, contrapuesta a otra peor: la de no saber si uno podrá alimentarse. Dedicada a los que aún aguardan por una Redistribución equitativa de Dignidad, Educación, Salud y Trabajo. ----------------------------------------------------------------------- About the bloody message sent by TV vs. the cruel reality.

5.9.09

Libro de sangre

Se edita en España la recreación que Alejandra Pizarnik y el dibujante Santiago Caruso hicieron de la sádica condesa Erzébet Báthory

TORTURAS. Uno de los tormentos.

ELENA SIERRA. Los jóvenes valores, uno en las letras y otro en el dibujo. Los dos de Buenos Aires. Una mujer y un hombre que, cada uno en su campo (y en su tiempo), dejan huella. Ambos aliados a través de los años para contar, tanto en palabras como con imágenes, la terrorífica historia de Erzébet Báthory, otra que comenzó a quedar para la historia siendo muy joven (aunque no se sabría cuánta hasta mucho después). Ella fue 'La condesa sangrienta', sobrenombre que da título a la apuesta de Libros del Zorro Rojo que reúne a estos tres talentos; el último, un talento descomunal para hacer daño.

En este libro ilustrado se dan la mano el poder de una condesa sádica del siglo XVII, la palabra mágica de una poeta muerta en 1972 a los 36 años, pero con una carrera sólida desde mucho tiempo antes, Alejandra Pizarnik; y la obra gráfica de Santiago Caruso, un artista nacido en 1982 que ha ejercido ya de ilustrador para grandes editoriales anglosajonas y latinas, de portadista de revistas como 'Caras y Caretas' y que cuenta con varias exposiciones en su haber. Con 21 años era ya un artista reconocido.

Como Caruso, Pizarnik fue también una creadora prodigio. Esta bonaerense hija de emigrantes judíos europeos, tropezó con la Filosofía, las Letras y el Periodismo pero no se dedicó a ninguna de esas carreras por mucho tiempo. Lo suyo era escribir y tras vivir en París una temporada, publicó un poemario prologado por Octavio Paz. 'Árbol de Diana' fue el primer paso, seguido por títulos como 'Los trabajos y las noches', 'Extracción de la piedra de la locura' y 'El infierno musical'.

Las depresiones eran una constante en su vida, como los intentos de suicidio. El definitivo llegaría en 1972, en un permiso que le concedieron en el centro psiquiátrico en el que estaba internada. Para entonces dejaba ya una gran colección de poemas, textos en prosa, artículos y cartas. Entre los segundos, uno sobre la condesa sangrienta, inspirado por la biografía novelada escrita por la inglesa Valentine Penrose en 1962; Pizarnik estaba realmente orgullosa de este trabajo en concreto, porque nunca antes había estado tan «fascinada» por el tema y eso la había llevado a apurar en cada palabra.

Diabólica

El personaje de Báthory es, sin duda, sugerente, un imán para los escritores. Además de Penrose, lo han recuperado para la literatura Javier García Sánchez en 'Ella, Drácula'; Maite Carranza, en uno de los libros de la trilogía 'La guerra de las brujas'; y Susana Castellanos de Zubiría le dedica un capítulo en 'Mujeres perversas de la historia'. La figura de la vampiresa se ha inspirado, a lo largo de la historia de la literatura y el cine, en su figura. Joven, hermosa, loca, sedienta de sangre, omnipotente, murió encerrada en su castillo como castigo por los 650 crímenes que cometió.

No se sabe si Erzébet Bathóry sufría depresiones, pero lo que sí está claro es que su manera de hacer frente a su propio dolor era produciéndoselo a los demás. Desde niña, cada vez que tenía jaqueca (y tenía muchas y muy fuertes), se dedicaba a maltratar a los animalitos de compañía. Les clavaba agujas. Con los años, esta extraña terapia se le hizo insuficiente y entonces pasó a hacer daño a sus sirvientas, preferentemente chicas jóvenes. La aguja se convirtió, más adelante, en todo tipo de máquinas y estilos de tortura. Y eso es precisamente lo que retratan Pizarnik y Caruso en 'La condesa sangrienta': la virgen de hierro, la muerte por agua (helada), la jaula mortal, la flagelación, el fuego, el despellejamiento?

Al texto lo acompañan unas imágenes teñidas de rojo que no por terribles dejan de ser hermosas y que tienen continuación en la página web del ilustrador (www.caruso-art.blogspot.com) y varias exposiciones. Es la «belleza convulsa del personaje» de Erzébet de la que tanto escribió Pizarnik. Santiago Caruso transforma a la bella Báthory en un animal, en una 'comeniñas', en una mujer de dentadura de agujas; y a las doncellas en cuerpos sangrantes en los que aparecen flores de carne, encerrados en jaulas, congelados en la noche. Las lunas bajo las que se cometían las torturas son coronas, las vendimiadoras no pisan uvas sino huesos y el castillo de los Cárpatos es un laberinto inundado de sangre.

Y es que durante las torturas, lo importante era que la sangre de las doncellas pudiera utilizarse para que la Condesa se diera sus baños. Estaba obsesionada por conservar la belleza de la juventud y creía que sólo la sangre de chicas jóvenes podría ayudarla a ello. Mejor si eran chicas de buena familia, aunque al ritmo que llevaba de muerte se le agotaban pronto y eran bien recibidas en su castillo las hijas de los campesinos, que creían que mandaban a sus niñas a mejorar su futuro. El sadismo y la superstición se mezclaban a la perfección en Báthory, que era además el fruto de una endogamia tan acusada que los historiadores no dudan de que estaba tarada, como muchos de sus familiares.

La condesa fue descubierta y condenada a prisión perpetua en una habitación de su castillo. Sus secuaces murieron en la hoguera, pero, cuenta Pizarnik, matarla a ella también habría indispuesto a la población contra los nobles y eso no podían permitírselo. Así que vivió más de tres años sin ver la luz del sol, comunicada con el exterior sólo a través de una minúscula ventanita por la que le hacían llegar la comida y el agua. Caruso imagina su muerte: un esqueleto bien vestido, rodeado de espejos rotos; y después un demonio burlón y rojo. «Ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible», sentenció Alejandra Pizarnik en la última frase de su texto.

Fuente: info.elcorreodigital.com/

2.9.09

La Condesa: hoy en La Nacion

Silvia Hopenhayn Para LA NACION

Pizarnik y la condesa sangrienta

Miércoles 2 de setiembre de 2009 | Publicado en edición impresa

¿Qué es lo humano o, más bien, qué es lo inhumano? Se puede aplacar la pregunta con una condena o ensanchar los márgenes de lo aceptable. Optemos por lo segundo, sobre todo, de la mano del arte. La historia ofrece varias encrucijadas en las que lo inhumano se manifiesta como respuesta a regímenes de libertinaje. La pintura suele exhibir esa contradicción, en algunos casos con deleite. No deja de sorprender que El Bosco, con todas sus diminutas figuras orgiásticas y monstruos tortuosos, haya sido el artista favorito de Felipe II, uno de los reyes más recalcitrantes del siglo XVI.

Lo cierto es que en el medioevo hubo muchos engendros. Eran tiempos de quema de brujas, hombres lobo, vampiros y mujeres poseídas. Todas estas criaturas, mezcla de iracundia y desesperación, solían concentrarse en una misma región. Según Bram Stoker, el autor de Drácula , "en la herradura de los Cárpatos se reúnen todas las supersticiones del mundo, como si fuese el centro de un remolino de la imaginación". Cuando en ese remolino se enroscan humanos y no humanos, personas reales con efluvios mentales, es más difícil trazar un límite. Es el caso de Erszébet Báthory, más conocida como "condesa sangrienta". Pertenecía a una familia húngara en tiempos de la reforma de Lutero. El blasón familiar llevaba la mandíbula del lobo y un dragón alado mordiéndose la cola. Ella existió verdaderamente, en los albores del 1600, y sabemos de su vida atormentada y de las 600 doncellas víctimas de su perversión, a través de Valentine Penrose, poeta surrealista francesa del siglo XX. Según Penrose, cuando Erzsébet Báthory vino a este mundo no era un ser humano acabado: estaba emparentada con el tronco de un árbol, con la piedra y el lobo.

Alejandra Pizarnik escribió su propia versión, basada en el libro de Penrose, con el título La condesa sangrienta , una suerte de ensayo poético que no escatima truculencia.

El texto está dividido en once capítulos encabezados por epígrafes de distintos poetas (Artaud, Rimbaud, Paz, Daumal), referidos al poder de la sangre, la belleza y la muerte, y consta de veintiséis páginas. La brevedad hace a la succión. Son páginas que se devoran por el espanto y su misterio. A los 15 años, Erszébet Báthory se casó con Ferencz Nádasdy, de la dinastía de Eduardo I, rey de Inglaterra. Sus primeras crueldades fueron pinchar con alfileres a las mujeres que la servían o hacerse traer robustas campesinas muy jóvenes para morderles los hombros. Luego de la muerte de su marido, se le arrimó Darvulia, la hechicera del bosque, con quien realizó los primeros sacrificios de jóvenes. Su mayor temor había sido la vejez, por eso acudió a baños en el lago de todas las fuerzas: la sangre. Conservar su imagen intacta, más que su mayor anhelo, terminó siendo su peor condena.

Acaba de aparecer en España una nueva y bellísima edición, en Libros del Zorro Rojo, de La Condesa Sangrienta , publicado por primera vez en 1971 y agotadísimo en nuestro país. La nueva edición tiene fantásticas ilustraciones de Santiago Caruso, un joven artista argentino que trazó con minuciosidad el espíritu maléfico de esta historia. Pizarnik y Caruso hacen -cada uno a su manera y en su tiempo- de lo monstruoso un rasgo humano. ¿Técnica o captación?

Fuente: http://www.lanacion.com.ar